15/9/15

La última vez fue después de leer del tirón cincuenta páginas impecables de El museo de la inocencia. Cerré el libro y me dije, casi tocando a la vez con los dedos las palabras que se iban formando en mi cabeza: cuando sea mayor escribiré como Pamuk. No caí en el sentimentalismo barato de pronunciar mi objetivo entre dientes ni, afortunadamente, apretando el libro contra mí mientras dejaba caer los párpados conteniendo la respiración. No llegó a ser tan bochornoso, pero sí la intención y la expresión mental y su deseo, los mismos en los que históricamente he caído al experimentar mi admiración por algo o alguien en cuya altura había colocado mi listón. No hace tanto de lo de Pamuk, dos años quizá, lo que significa que ya tenía una edad que a todas luces se puede considerar adulta a pesar de que la indolencia y el infantilismo social consideren que debemos comportarnos como si tuviésemos diez o quince años menos de nuestra edad biológica. Mis cuando sea mayor ya empiezan a estar de más puesto que lo soy hace tiempo. Quizá haya decidido escribirlo para acabar con esta manía. Ya lo soy. Ya lo eres. Lo terrible es enfrentarse a esa verdad y descubrir que a día de hoy el listón no está al alcance de mi mano, y que el placer de la postergación me protege de mí mismo tanto como el placer de imaginar el hipotético día en que llegue a su altura o a la de cualquiera de los que me han hecho olvidarme de mí a base de inventarme a otro.

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